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Fe como un grano de mostaza

 
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Antiguo 29-Jun-2010   #1 (permalink)
Predeterminado Fe como un grano de mostaza

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[Esto es parte de mi estudio "FE: Convicción en acción", publicado en mi blog: [Tiene que Registrarte para ver los links. ]

Mateo 17:14-21

(14) Cuando llegaron al gentío, vino a él un hombre que se arrodilló delante de él, diciendo:

(15) Señor, ten misericordia de mi hijo, que es lunático, y padece muchísimo; porque muchas veces cae en el fuego, y muchas en el agua.

(16) Y lo he traído a tus discípulos, pero no le han podido sanar.

(17) Respondiendo Jesús, dijo: ¡Oh generación incrédula y perversa! ¿Hasta cuándo he de estar con vosotros? ¿Hasta cuándo os he de soportar? Traédmelo acá.

(18) Y reprendió Jesús al demonio, el cual salió del muchacho, y éste quedó sano desde aquella hora.

(19) Viniendo entonces los discípulos a Jesús, aparte, dijeron: ¿Por qué nosotros no pudimos echarlo fuera?

(20) Jesús les dijo: Por vuestra poca fe [poca fe= gr. oligopistia – único uso]; porque de cierto os digo, que si tuviereis fe como un grano de mostaza, diréis a este monte: Pásate de aquí allá, y se pasará; y nada os será imposible.

(21) Pero este género no sale sino con oración y ayuno.

En principio quiero aclarar que el versículo 21 aparece sólo en el texto griego bizantino, de donde fue traducida la Reina Valera y otras versiones antiguas de la Biblia, sin embargo no figura en ningún otro de los textos griegos antiguos y debiera ser omitido, como lo hacen las traducciones modernas. El pasaje terminaría, entonces, en el versículo 20.

Algunos maestros y predicadores de la Palabra enseñan que la “fe” se tiene o no se tiene, que no se desarrolla, que aunque sea muy pequeña, la fe puede mover montañas, y este versículo es utilizado para avalar esta enseñanza, ya que la semilla de mostaza es una de las semillas más pequeñas que existe y aquí Jesús está diciendo que con una fe como una semilla de mostaza se podría trasladar montes. Sin embargo esto no es cierto, y puede verse claramente en otro pasaje de la Biblia:

1 Corintios 13:2

Y si tuviese profecía, y entendiese todos los misterios y toda ciencia, y si tuviese toda la fe, de tal manera que trasladase los montes, y no tengo amor, nada soy.

Aquí el apóstol Pablo dice que para trasladar montes debía tener “toda la fe,” no una “pequeña fe.” Es evidente que la fe no es siempre igual y que una “pequeña fe” no es la que mueve montañas.

Otro versículo pertinente es el siguiente:

Mateo 15:22-28

(22) Y he aquí una mujer cananea que había salido de aquella región clamaba, diciéndole: ¡Señor, Hijo de David, ten misericordia de mí! Mi hija es gravemente atormentada por un demonio.

(23) Pero Jesús no le respondió palabra. Entonces acercándose sus discípulos, le rogaron, diciendo: Despídela, pues da voces tras nosotros.

(24) El respondiendo, dijo: No soy enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel.

(25) Entonces ella vino y se postró ante él, diciendo: ¡Señor, socórreme!

(26) Respondiendo él, dijo: No está bien tomar el pan de los hijos, y echarlo a los perrillos.

(27) Y ella dijo: Sí, Señor; pero aun los perrillos comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos.

(28) Entonces respondiendo Jesús, dijo: Oh mujer, grande es tu fe; hágase contigo como quieres. Y su hija fue sanada desde aquella hora.

El ministerio de Jesús era hacia el pueblo de Israel, a ellos Dios les había hecho las promesas de salvación y redención. Como esta mujer no era Israelita, no podía reclamar ninguna promesa de parte de Dios. Sin embargo, insistió, confiando en la misericordia de Jesús y reconociendo que lo que ella pedía eran sólo “migajas” comparado con todo lo que Jesús era capaz de hacer. Esto puso en evidencia cuán grande era su convicción del amor y poder de Dios, el cual Jesús estaba predicando y manifestando. Jesús dijo que la fe de esta mujer era “grande,” esto demuestra, nuevamente, que hay distintos niveles de fe.

Entonces ¿cómo se explica el pasaje en Mateo 17? Leamos de nuevo:

Mateo 17:20

Jesús les dijo: Por vuestra poca fe; porque de cierto os digo, que si tuviereis fe como un grano de mostaza, diréis a este monte: Pásate de aquí allá, y se pasará; y nada os será imposible.

Creo que la mejor manera de explicar este pasaje es la que sugiere el doctor Ernest Martin en su libro “101 Bible Secrets” (101 secretos bíblicos): la clave está en que el pasaje no dice “…si tuviereis fe del tamaño de un grano de mostaza…” dice como un grano de mostaza, de donde muchos han deducido que la comparación es con respecto al tamaño, pero no es esto lo que indica el pasaje, como es evidente por los otros pasajes que vimos.

Veamos, entonces, sobre qué establecer la comparación.

Mateo 13:31-32

(31) Otra parábola les refirió, diciendo: El reino de los cielos es semejante al grano de mostaza, que un hombre tomó y sembró en su campo;

(32) el cual a la verdad es la más pequeña de todas las semillas; pero cuando ha crecido, es la mayor de las hortalizas, y se hace árbol, de tal manera que vienen las aves del cielo y hacen nidos en sus ramas.

Este pasaje, compara al reino de los cielos con un grano de mostaza. No dice que el reino de los cielos sea “pequeño” como un grano de mostaza, sino que, aunque comienza como algo pequeño, va creciendo y haciéndose cada vez más grande. Entonces, cuando se habla de tener fe como un grano de mostaza, debemos aplicar esta misma comparación, que muy probablemente haya estado presente en la mente de los discípulos de Jesús cuando habló sobre la fe. La fe comienza siendo algo muy pequeño en nosotros, cuando comenzamos a creer en Dios, nuestra confianza y convicción en Su amor y en Sus promesas es pequeña, inestable y no produce grandes resultados. Pero a medida que vamos aprendiendo más sobre Dios, y confiando más y más en Él, actuando conforme a Su voluntad, nuestra fe va creciendo y se convierte en una de las fuerzas más potentes del Universo, no porque tenga poder en sí, sino porque es el medio de acceso al supremo poder del Creador. Por lo tanto, si “sembramos” y “regamos” nuestra fe, esta irá creciendo y seremos capaces de llegar a mover montañas, si la voluntad de Dios así lo requiere.

Otro pasaje que expresa esta misma verdad es el siguiente:

Lucas 17:5-6

(5) Los apóstoles dijeron al Señor: —Auméntanos la fe.

(6) Entonces el Señor dijo: —Si tuvieseis fe como un grano de mostaza, diríais a este sicómoro: "¡Desarráigate y plántate en el mar!" Y el árbol os obedecería.

Los discípulos le estaban pidiendo a Jesús que les aumentara la fe, sin embargo, esto no era algo que Jesús podía hacer instantáneamente. Ellos debían ocuparse en desarrollar su fe. Debían plantar la semilla y cuidarla y regarla para luego ver sus frutos. Esto es lo que Jesús estaba transmitiendo a sus discípulos.

El sicómoro es un árbol con un sistema de raíces muy complejo, muy amplio, al punto que es casi imposible quitarlo sin que queden partes de su raíz en el suelo, que luego vuelven a crecer. Este pasaje nos muestra dos situaciones imposibles: desarraigar el sicómoro y plantarlo en el mar.

Quizá nunca sea necesario, en nuestras vidas, que traslademos un monte a causa de la voluntad de Dios, ni que sea necesario que ordenemos a un sicómoro desarraigarse y plantarse en el mar, pero ¿cuántas situaciones se presentan en nuestras vidas que nos obstaculizan y las vemos como “grandes montañas” que interfieren en nuestro camino? ¿Cuántos hábitos perjudiciales están arraigados en nuestras vidas al punto que parece imposible desarraigarlos? Si confiamos en Dios podemos “trasladar” esas “montañas” y “desarraigar” esos “sicómoros” y vencer cualquier obstáculo y dificultad o superar cualquier clase de vicio o hábito perjudicial o pecaminoso.

Entonces podemos ver que la fe puede (y debiera) crecer, puede desarrollarse y llegar a ser “enorme.” Y ¿cómo desarrollamos la fe? ¿Qué hago para aumentar mi fe?

Recordemos que fe es firme convicción, confianza y fidelidad. Todas estas cosas se desarrollan y crecen. El desarrollo depende de la información que tengo y de mi decisión de aceptar esa información. Además, la fe va creciendo a medida que vivimos conforme a la voluntad de Dios, o sea, mi fe de hoy depende de la fe que tuve ayer.

Esto es lógico, y lo vemos también en nuestras relaciones humanas. Si yo necesito hacer un arreglo en mi casa, y debo contratar un obrero, en principio voy a tratar de obtener la recomendación de gente que conozco, el testimonio que otros me den acerca de los trabajos que hizo esta persona me van a dar la “fe” (la convicción o confianza) suficiente como para contratarlo. Si luego de hacer el trabajo demuestra ser confiable y hacer su trabajo bien y en tiempo, yo voy a ganar más “fe” en él, o sea, voy a confiar más en él y voy a tener mayor convicción de que trabaja bien. Con cada trabajo que haga correctamente en mi casa, mi “fe” en él va a ir creciendo y va a transformarse en “fidelidad,” o sea, yo voy a llamarlo siempre a él para que haga los trabajos de su rubro, y lo voy a recomendar a otros. Esto incluso podría llegar a convertirse en una amistad con esta persona, en donde la relación es de mutua confianza y respeto.

Del mismo modo, nuestra confianza y convicción para con Dios va creciendo en la medida que confiamos en Dios y que vamos viendo cómo Dios hace aquello que promete. A medida que vemos a Dios trabajar en nuestras vidas, vamos convenciéndonos más y más de Su confiabilidad, Su bondad, Su amor y Su deseo de bien para nosotros. Al confiar más y más en Dios, esta confianza se va transformando en fidelidad, dejamos de lado la idea de que “otro” trabaje en nuestras vidas, sólo queremos que Dios obre en nuestras vidas, y comenzamos a “recomendarlo” a otros. Cuando esta “fidelidad” es mutua y consistente, puede transformarse en una “amistad” con Dios, esto es lo que alcanzó Abraham para con Dios.

Santiago 2:23

Y se cumplió la Escritura que dice: Abraham creyó a Dios, y le fue contado por justicia, y fue llamado amigo de Dios.

La constante creencia y obediencia de Abraham, su creciente “convicción en acción,” lo llevaron al punto de llegar a ser “amigo” de Dios, con todos los privilegios que una amistad conlleva.
Pablo Pereyra está desconectado  
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