| Noviazgo y Sexualidad Este espacio es para comentar sobre los diferentes temas de las Relaciones Sentimentales, de la Búsqueda de Pareja, Citas, Cortejo, Romance, Boda, Embarazo, la Vida Conyugal, etc. |
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Fecha de Ingreso: April-2008
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Por: J. Christoph Arnold
Tomado del Libro: Download Free Ebook La sexualidad y el aspecto sensorial Porque todo lo que Dios creó es bueno, y nada es de desecharse, si se toma con acción de gracias; porque es santificado por la Palabra de Dios y la oración. 1 Timoteo 4.4-5 Todo lo que percibimos con nuestros sentidos pertenece a lo sensible, incluyendo la atracción sexual. Sin embargo, así como el área de la experiencia sensorial nos puede acercar a Dios, también puede descarriarnos y sumergirnos en tinieblas satánicas. A menudo nos inclinamos hacia lo superficial y dejamos de recibir la fuerza y poder de lo que Dios nos podría dar si no fuéramos así. A menudo, al aferrarnos a lo que experimentamos con los sentidos, nos olvidamos de Dios y perdemos la posibilidad de experimentar su voluntad en toda su profundidad. El gozo duradero no se encuentra en nuestros sentidos, sino en Dios El Espíritu no desea que rechacemos el cuerpo ni sus poderes emocionales. Sin embargo, no debemos olvidar que Satanás busca socavar todas las cosas buenas; él tergiversa la verdad y siempre está esperando engañarnos, sobre todo en este aspecto. Es cierto que el alma está atraída a Dios por medio del espíritu, pero siempre está atada a lo físico por medio del cuerpo. Lo físico no es un verdadero enemigo del espíritu, y nunca se debe despreciar. El verdadero enemigo es Satanás, que constantemente intenta atacar al alma humana y separarla de Dios. En sí, no hay nada malo en la esfera de los sentidos. Al fin y al cabo, en cierta forma todo lo que hacemos, ya estemos despiertos o dormidos, es una experiencia sensorial. Sin embargo, ya que no somos simples animales, porque fuimos creados a la imagen de Dios, se espera mucho más de nosotros. Cuando dos personas se enamoran, el gozo que sienten al principio está al nivel sensorial: se miran a los ojos, se escuchan hablar, se deleitan en tocar uno la mano del otro, o aun en sentir el calor de la cercanía del otro. Por supuesto, la experiencia es mucho más profunda que el ver, escuchar o tocar, pero siempre comienza como una experiencia sensorial. Sin embargo, el amor humano nunca puede permanecer en este nivel; tiene que ser mucho más profundo. Cuando lo sensorial se convierte en un fin en sí mismo, todo parece transitorio y temporal, y sentimos la necesidad de buscar nuestra satisfacción en experiencias cada vez de mayor intensidad (cf. Efesios 4.17-19). Al gastar nuestras energías en la intoxicación de los sentidos, pronto agotamos y arruinamos nuestra capacidad de recibir la fuerza esencial de la vida. Y también perdemos la capacidad de tener cualquier experiencia profunda e interna. A menos que nos entreguemos (incluso nuestros sentidos) en reverencia a Dios, seremos incapaces de experimentar plenamente las cosas de este mundo. En Dios podemos experimentar lo eterno dentro de lo sensorial. En Él podemos satisfacer los anhelos más profundos del corazón, de lo que es auténtico y duradero. Cuando se está entregado a Dios, nuestra sexualidad es un regalo Como un regalo de Dios, la sensualidad es un misterio; sin Dios, se pierde su misterio y queda profanada. Esto es especialmente cierto cuando se trata de todo el aspecto sexual. La vida sexual contiene una intimidad profunda que es muy singular en sí, que cada uno de nosotros esconde instintivamente de los demás. El sexo es el secreto de cada persona, algo que afecta y expresa su ser más profundo. Cada revelación en este aspecto abre la puerta a algo íntimo y personal, y permite que otra persona descubra su secreto. Por eso el aspecto sexual – aunque es uno de los regalos más grandes de Dios – también genera vergüenza. Nos avergonzamos de revelar nuestro secreto delante de otras personas. Hay una razón: así como Adán y Eva se avergonzaron de su desnudez delante de Dios porque sabían que habían pecado, todos nosotros sabemos que somos pecadores por naturaleza. Este reconocimiento no es una enfermedad mental, según dicen los psicólogos modernos. Es la respuesta instintiva para proteger lo que es santo y dado por Dios, y debe llevar a cada persona al arrepentimiento. La unión sexual está destinada a ser la expresión y realización de un lazo de amor duradero e irrompible. Representa la entrega suprema a otro ser humano porque incluye la revelación mutua del secreto más íntimo de cada uno. Por lo tanto, es una profanación participar en la actividad sexual de cualquier índole sin estar unidos por el lazo del matrimonio. La costumbre común de la «experimentación» sexual premarital, aun con una persona con quien uno se piensa casar, no es menos terrible y puede hacer gran daño a un matrimonio futuro. El velo de intimidad entre un hombre y una mujer no se debe levantar sin la bendición de Dios y la Iglesia en el matrimonio (cf. Hebreos 13.4). Aun dentro del matrimonio, todo el aspecto de la intimidad sexual debe colocarse bajo el dominio de Cristo para poder dar buen fruto. Las personas que consideran la lujuria sexual de la misma manera en que consideran la gula no entienden el significado de la esfera sexual. Cuando cedemos ante las tentaciones de la lujuria o la impureza sexual, nos contaminamos de manera diferente a lo que sucede con la gula, aun cuando ésta sea condenada también por San Pablo. La lujuria y la impureza nos hieren en lo más profundo de nuestro corazón y de nuestro ser. Estos pecados atacan la parte más íntima del alma. Cuando caemos en la impureza sexual, nos convertimos en víctimas de la maldad demoníaca y se corrompe todo nuestro ser. Entonces sólo podemos ser liberados a través de un arrepentimiento profundo y verdadera conversión de corazón. Lo contrario de la impureza no es el legalismo Lo contrario de la impureza sexual y la sensualidad, sin embargo, no es la mojigatería, el moralismo, ni la falsa piedad. Jesús nos hace advertencias muy serias en este aspecto (cf. S. Mateo 23.25-28). En todo lo que experimentamos con nuestros sentidos, nuestro gozo debe ser auténtico y libre. Pascal dice: «Las pasiones son más vivas en los que desean renunciarlas.» Cuando se reprime la sensualidad por medio de una compulsión moral en vez de una disciplina interna, sólo se encontrarán nuevas salidas de mentiras y perversidad (cf. Colosenses 2.21-23). En nuestros tiempos corruptos que carecen de vergüenza, resulta cada más vez difícil criar a los hijos con una sensación profunda de reverencia hacia Dios y hacia todo lo que Él ha creado. Esto nos obliga todavía más a empeñarnos en criar a nuestros hijos de tal manera que, se casen o no cuando sean adultos, lleguen a ser hombres y mujeres comprometidos a una vida de pureza. Debemos tener cuidado de que nuestros hijos no hablen irreverentemente acerca de asuntos sexuales. Sin embargo, al mismo tiempo no podemos evitar el tema. Más bien, hay que guiar a nuestros hijos para que tengan un espíritu de reverencia. Debemos enseñarles a comprender el significado y la santidad del sexo en el plan de Dios, y enfatizar la importancia de mantener el cuerpo puro y sin contaminación para el propósito singular del matrimonio. Deben aprender a creer, como lo hacemos nosotros, que el sexo encuentra su mayor realización, y por lo tanto proporciona el mayor placer, sólo dentro del marco de un matrimonio puro y santo. Dios se goza cuando una pareja joven experimenta la unión completa: primero en espíritu, luego de corazón a corazón y de alma a alma, y luego en el cuerpo. Dios se goza cuando un hombre y una mujer levantan el velo del sexo, en reverencia delante de Él, en relación con Él, y en la unidad dada por Él. Cada pareja debe buscar esta reverencia, porque «los puros de corazón verán a Dios». |
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